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10/4/09

I. El crack (J. L. Garci, 1981): “Creí que Alfredo Landa era mi padre”

Por David Cruz

Bajar por la Gran Vía con las manos metidas en los bolsillos de un abrigo tres cuartos sintiéndose un tipo duro, uno de esos tipos cocido a fuego lento, con aspecto de estar de vuelta de todo y que tiene por corazón la roca más apretada y fría que Dios puso sobre la tierra, sólo es posible, para los que realmente no somos así, aunque durante toda nuestra adolescencia lo hubiésemos deseado, gracias a El crack de José Luis Garci.

Pasear al atardecer por la Gran Vía con aire triste y melancólico, arrastrando la bufanda cual poeta borracho, como si en vez de sangre fuese nostalgia lo que corre por nuestras venas, que parece que uno sigue en esta vida por inercia, casi de prestado, y sentirse al margen, muy por encima de todo lo que está ocurriendo a nuestro alrededor, que son esas chicas jóvenes que salen de las tiendas de moda, excitadas por las últimas compras, esos temerosos matrimonios mayores, que caminan tan juntitos porque se han visto obligados a llegarse hasta el centro, esos carteristas, que ahora disimulan tan jodidamente mal su profesión, los transexuales, que con esos tacones parece que van a despeñarse hasta dar despatarrados con sus huesos en Plaza de España, los nostálgicos del vinilo, los de los pantalones rotos y mal lavados de más de 150 euros, y demás fauna ibérica que recorre la jungla de Madrid, sólo es posible gracias a Alfredo Landa, a la música de Jesús Gluck que vamos tarareando dentro de nuestra cabeza, y a que sabemos que existe un hombre, llamado Germán Areta, que piensa que la felicidad es algo que le queda demasiado grande, que como mucho concede que en la vida hay momentos que no son malos del todo, pero de ahí no pasa. Leer más ...

1/4/09

II. El crack (J. L. Garci, 1981): “Creí que Alfredo Landa era mi padre”


Hay gente que dice que El crack (y siempre que hablo de El crack me refiero a sus dos partes) ha envejecido, que es una de esas películas que no resiste bien el paso del tiempo. No lo creo. Y, de hecho, estoy convencido de lo contrario. Primero, porque es una buena película de género, esto es, perfectamente integrada dentro del cine policíaco, o dentro de las películas negras, con toda una serie de elementos, tanto formales como de contenido, encaminados a cumplir el arquetipo: desde la fotografía y la iluminación de Manuel Rojas, que ayuda a proporcionar una textura negra a las escenas rodadas en decorados, hasta lo más evidente, que es la historia del duro detective desencantado y desengañado de la vida por culpa de su profesión, o de su profesión por culpa de la vida, que en este caso son lo mismo.

Así que de entrada tenemos una película perfectamente adscrita a un género; y la cosa es que el género nunca envejece; puede pasar de moda, tener sus ciclos con valles más o menos pronunciados, pero nunca envejece, siempre retorna. Sin embargo, gran parte del valor que posee El crack va más allá de una mera inmersión solvente en un determinado género, puesto que radica en su capacidad para, precisamente, hacer del género negro, sin más, sin esfuerzos, sin tener que retorcer nada, algo castizo.

Los planos de las calles y de los edificios de Madrid, de día, de noche, en planos aéreos, a ras de suelo, los bares de carretera, el Frontón Madrid en la calle Jacometrezo, los 127 y los Renault 8 Fasa España que circulan por Alcalá, la Sociedad Española de Precio Único, el lenguaje casi achulapado de algunos de sus personajes, como el Meri o el Cárdenas, buen ejemplo del sinvergüenza desarrapado de los suburbios del Madrid ochentero, las partidas de mus (no comete Garci el error de hacerles jugar al póquer)… Todo esto hace de El crack una película que no es que imite el género, sino que lo asume, que lo asimila y lo digiere dentro de un cronotopo: el Madrid de principios de los ochenta. Leer más ...


III. El crack (J. L. Garci, 1981): “Creí que Alfredo Landa era mi padre”


Ahora bien, la película tiene un valor más añadido, un valor que, según mi parecer, transciende todo lo anterior, y que, además, viene a sumarse a mi opinión de que El crack no ha envejecido lo más mínimo, sino todo lo contrario. Es más, es nuestra generación (la de los nacidos en la década de los setenta) la que viene a darle un nuevo impulso y una revalorización a la recepción de la película, por motivos que van más allá de sus evidentes bondades formales, por otra parte, perfectamente perceptibles para cualquiera otra generación.

Me refiero a cuestiones puramente sentimentales. El crack, y su Madrid de principios de los ochenta, apela al tiempo y a los espacios de nuestra infancia. Viéndola es inevitable que sintamos en la garganta el regusto amargo y dulzón de los paraísos perdidos. Ese mechero del coche con el que Germán se enciende el cigarro al principio, durante los créditos, mientras suena la música de Jesús Gluck, que le acompaña en su retorno a casa, para mí es como la magdalena de Proust.

No cabe duda que la memoria y su capacidad para el recuerdo, que inevitablemente generan la nostalgia y la melancolía, son bastas y determinantes potencias a la hora de ejercer su influencia en la recepción de una obra. Y en este sentido únicamente añadiré que Alfredo Landa, ¡coño!, Alfredo Landa es como mi padre. Con ese corte de pelo y ese bigote, pero sobre todo con esa austeridad y esa dureza que parecían llevar marcada en la cara todos nuestros padres.

Sí, Germán Areta es exactamente igual que mi padre, con el mismo bigote y la misma mirada, y cuando más se le parece es en la escena en la que le dice al Moro que recoja sus cosas y que se largue, y luego permanece en silencio, ordenando impertérrito unos papeles sobre la mesa, mientras el otro le suplica que al menos le deje explicarse y pedirle perdón, <<déjame que te explique>>, pero uno sabe que no hay nada qué hacer, porque, para Germán, el Moro ya no existe sobre la faz de la tierra y porque lo que Cárdenas tiene delante ya no es un hombre, pues en todo hombre reside la capacidad para el perdón, sino una sorda piedra fraguada por la traición; que me río yo de los Bogart, los Ford y los Gagney, que al lado de Alfredo Landa parecen unos niñatos jugando a ser actores, una panda de amiguitos que tratan de imitar a sus héroes haciendo poses delante de la cámara que uno de ellos le ha robado a su padre, y me río también de todos los duros del cine clásico norteamericano y de los tipos cocidos a fuego lento.